“Soy francesa, de corazón africano”: Cécilia Mauro cuenta cómo es tener una crisis de identidad a los 20 años

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“Escoged tres cosas para llevaros”, nos dijo mi padre a mi hermana y a mí. “Nada más. Después nos vamos.”

Yo no podía parar de llorar. Aquella tarde, la última de mi infancia en Costa de Marfil, cogí mi peluche, un álbum de fotos y un caballito de cristal y los metí en mi mochila. Nunca volví a aquella casa. Pasamos esa noche en una base militar durmiendo en el suelo, y al día siguiente separaron a los adultos de los niños para ir al aeropuerto. Nosotros fuimos en un tanque porque era más seguro, y nuestros padres viajaron en un autobús. Llegamos a Francia y no teníamos nada más que lo puesto.

Era noviembre de 2004, la segunda vez que mi familia y yo escapábamos de Costa de Marfil desde el golpe de estado que hubo en el 2002. En aquellos momentos había gente entrando en las casas de familias europeas para robarles. Un día, varios hombres armados se acercaron a nuestra puerta. “Aquí no hay gente blanca”, les dijo nuestro vigilante. “Claro que hay”, respondieron ellos. Por suerte algunos empleados de la embajada italiana, que estaba frente a nuestra casa, salieron para echarles de allí. Mi madre me contó años después que durante aquella época se torturó incluso a niños.

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En Costa de Marfil fui feliz. Los fines de semana solía ir con mi familia a una casita que teníamos en la playa. No había electricidad ni agua corriente. Por la noche ni siquiera cerrábamos la puerta con llave, y desde la cama podíamos oír a los cangrejos pasear por el suelo de la casa. Lo que más me gustaba era levantarme temprano, ir a la orilla del mar y sentir mis pies en la arena húmeda y fría.

Aunque soy francesa, Costa de Marfil era entonces mi hogar, y es el lugar en el que nací. Años después, cuando tuve que pasar una noche en la capital para cambiar de avión, me di cuenta de que una parte de mí sentía rechazo hacia ese país que yo tanto había amado. Allí seguía la gente que me había echado de mi casa. Nadie iba a devolverme mi hogar ni mi infancia. No quise siquiera pisar sus calles otra vez, y me pasé todo el tiempo en el hotel.

Mi segundo hogar fue Senegal, a donde llegué con once años. Mis compañeros de clase eran de todas partes: Francia, Senegal, Costa de Marfil, Benín, Kenia, Líbano y Gana. En nuestro tiempo libre nos juntábamos en casas de amigos o íbamos a la playa, porque hace años no había muchas cosas que hacer los fines de semana. Durante años, mi sueño fue ir a estudiar a Francia, mi país de origen. Sin embargo, cuando me mudé a la región del Périgord a los 18 años para ir a la universidad fue horrible.

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Mis compañeros de clase pensaban que yo era rara, e incluso un día una chica me dijo que nadie entendía las expresiones que yo utilizaba y que debía hablar como ellos. Yo, sencillamente, no sabía cómo entablar una conversación con mis compañeros franceses, y tenía miedo de decir cualquier tontería. El primer año hice uno o dos amigos. Todo el mundo me parecía frío y distante. Un día saludé a una señora que se sentó a mi lado en el autobús, como haría cualquiera en Senegal, y se me quedó mirando con miedo. “¿Nos conocemos?”, me preguntó desconfiada. Varios días después de empezar el curso dije a mi madre que aquél no era mi hogar y que me quería volver a Senegal. A mi casa. Ella me respondió “En tu corazón eres africana, pero en realidad eres francesa.”

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Recuerdo muy bien cuando cumplí veinte años. Me sentía rara. De repente, odiaba tener veinte años. Empecé a preguntarme a mí misma cosas extrañas: ¿Soy una mujer? ¿De dónde soy? ¿A dónde debería ir? ¿Qué es lo que quiero? 

Sentía que no pertenecía a ningún sitio. Estaba harta de que fuera tan complicado responder a algo tan simple como “¿De dónde eres?” Por primera vez, alguien me dijo que estaba pasando por una crisis de identidad. No era solo eso. Diez años después de escapar de Costa de Marfil algo en mi interior empezaba a reaccionar a esa huida forzada, porque durante todo aquel tiempo no había llegado a asimilar lo que aquello significó para mí.  

A raíz de ponerle un nombre a lo que me estaba sucediendo empecé a entenderme mejor. Acepté que soy una mezcla de identidades. Mi segundo año de universidad fue mucho mejor, y me propuse a mí misma dejar de ser tan tímida y hacer yo el esfuerzo de acercarme a mis compañeros. Sigue siendo complicado explicar de dónde soy, pero ahora me alegro de haber crecido conviviendo con varias culturas y de haber sido testigo de la pobreza que puede haber en algunos lugares del mundo, porque creo que eso me ha permitido ver mis problemas con más relatividad que otra gente.

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Hace poco, una de mis amigas de la universidad vino a pasar varias semanas a mi casa de Senegal. Después de unos días juntas, me dijo emocionada: “Ahora te entiendo. Ahora siento que te conozco mejor. Cuando vuelva a Francia contaré a nuestros amigos todo lo que he visto y lo que he aprendido de ti.”

(Todas las fotografías que aparecen en esta entrevista son de Senegal y están hechas por Cécilia Mauro y su hermana Mélanie Mauro. Cécilia recomienda el artículo del beninés Naofal Ali sobre por qué no debemos tenerle pena por haber crecido en un país africano.)

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