“Mis hijas nacieron muertas”: la historia de Naomi McLaren

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Conocí a Naomi McLaren en 2008, cuando ella solo tenía 15 años, el verano que pasé en un pequeño pueblo escocés. Aunque no habíamos vuelto a hablar desde entonces, me sentí muy conmovida y muy triste cuando me enteré el año pasado de que sus hijitas habían nacido sin vida.

Le escribí para darle el pésame, y más adelante le pedí si le importaría contar lo que sucedió en mi blog. Ella aceptó encantada, ya que quiere que se de a conocer la bacteria que podría haber provocado su parto prematuro y espera romper el tabú en torno al nacimiento de hijos ya muertos. Agradezco mucho a Naomi por haberme permitido publicar su historia, y espero que tal vez sirva de algún consuelo para las madres y los padres que hayan pasado por lo mismo.

Esta es la historia de Naomi.

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Nunca olvidaré la mirada de la doctora antes de hablar, aunque ni siquiera soy capaz de describirla.

Supongo que era una mirada horriblemente triste.

Nos miró, y dijo:

Estás totalmente dilatada, así que vas a tener que ponerte de parto. Solo estás embarazada de 22 semanas y cinco días, es muy pronto y tus bebés no han acabado de formarse, pero desgraciadamente no hay nada que podamos hacer, lo siento.”

Mi novio, Sam, se echó a llorar.

Anna y Murrin, nuestras gemelas idénticas

Todavía recuerdo cuando él y yo nos enteramos de que íbamos a tener a Anna y Murrin, nuestras gemelas idénticas. Cuando la enfermera nos lo dijo me eché a reír, ¡dos por el precio de una! Ya me sentía enamorada de mis niñas.

Poco después nos informaron de que puesto que las gemelas compartían la placenta, mi embarazo era considerado de riesgo, ya que se podría desarrollar el síndrome de transfusión feto-fetal (TTTS), así que tendrían que hacerme una ecografía cada dos semanas. Lo más probable era que tuvieran que provocarme el parto en la semana 37 o 38 de embarazo, y que mis niñas nacieran las próximas Navidades.

Las semanas fueron pasando, y en cada visita al médico me aseguraba que todo iba bien. Un día, cuando me encontraba en la semana 22 de mi embarazo, empecé a sentir dolor en la zona lumbar, pero pensé que no sería nada grave.

Cuatro días después me desperté a las cuatro y media de la mañana con un dolor mucho más fuerte, esta vez en el estómago. A mediodía me di cuenta de que había sangrado y de que además estaba expulsando una especie de flujo blanquecino, así que pedí a mi madre que me llevara en coche al hospital más cercano, que está a dos horas de mi casa.

“Estás embarazada de 22 semanas, pero vas a tener que dar a luz”

Cuando por fin conseguimos que me viera alguien, la médico comenzó a explicarnos a Sam y a mí lo que estaba pasando. Si lo hubiéramos descubierto antes, hubiéramos podido coserte el cuello del útero para detener el parto, pero ahora es demasiado tarde.”

Mi madre entró a la habitación y mientras Sam le explicaba que iba a tener a mis bebés, yo escondí la cara tras mis brazos. No podía hablar.

Nos llevaron a una sala especial, lejos de las madres que estaban dando a luz y de los lloros de sus bebés. Antes de que llegara mi padre, vino a vernos un pediatra.

Como solo estás embarazada de 22 semanas y cinco días, no vamos a intervenir si los bebés respiran al nacer. Si estuvieras al menos de 23 semanas y nacieran respirando, haríamos lo que pudiéramos para que sobrevivieran.”

En ese momento lo que decía el pediatra era una especie de zumbido en mis oídos, pero cuando le oí decir eso miré a mi madre y, aguantándome las lágrimas, le pregunté por qué este hombre no me estaba diciendo que iba a salvar a mis bebés, y que si eso era todo lo que tenía que decirme no debía haberse molestado en venir. Él siguió hablando.

¿Qué posibilidad hay de salvar a una de ellas?, preguntó mi madre.

Van a nacer las dos, así que no hay ninguna posibilidad”, respondieron el médico y la comadrona.

24 horas de parto doloroso, para nada

Pasé las primeras cuatro horas sufriendo de dolor por culpa de las contracciones. Mi novio lloraba, y yo sentía que no podía más.

Cada vez que tenía una contracción apretaba la mano de mi madre. En esos momentos la necesitaba a ella más que a nadie. Mi madre es una mujer fuerte, que ha luchado contra el cáncer, una mujer sin pelos en la lengua, que se aguantaba las ganas de llorar por la muerte de sus nietas para demostrarme que estaba ahí, que iba a ser fuerte por mí y que iba a ayudarme a pasar por este horrible trago.

Llevaba veinte horas de parto, y yo lloraba de dolor y pedía que me dieran la epidural, porque sabía que aquello no iba a acabar en un final feliz. Durante todo aquel tiempo me inyectaron una segunda dosis de diamorfina, y vomité. Antes ese momento yo pensaba que el vómito proyectil era algo que solo existía en las películas, hasta que me sucedió a mí y vi que era algo real. Me desmayé, y tuvieron que suministrarme oxígeno durante el resto del parto.

Casi veinticuatro horas después de comenzar las contracciones, rompí aguas.

A las cuatro y cuarto de la mañana, Anna y Murrin nacieron. Todo el dolor que había sentido durante todas esas horas no había servido para nada. Yo fui la primera en tenerlas en mis brazos. Después Sam, luego mi madre, y finalmente mi padre. Entonces nos llevaron a una sala diferente para dormir hasta el día siguiente.

Cuando nos despertamos volvimos a abrazarlas, y la comadrona les sacó unas fotos. Hablamos con un médico especialista sobre el tipo de autopsia que queríamos que hicieran a las niñas, y elegimos la menos agresiva, que consiste en tomar una muestra de la piel, hacer una radiografía y analizar la placenta. (El blog Diario – Crear una vida habla sobre los trámites que tuvo que realizar una amiga de la autora tras el nacimiento de su hija sin vida.)

Los cuatro volvimos a casa. Fue un viaje de dos horas largo y silencioso. Yo solo quería salir de allí cuanto antes. Me dieron cinco inyecciones que debía ponerme en los siguientes días, para prevenir que la sangre se me coagulara.

Salvar la vida de mis hijas hubiera costado 35 libras

Esa semana fue cuando me hablaron por primera vez de la infección por estreptococos del grupo B, o EGB. La comadrona que había estado controlando mi embarazo me dijo que yo había dado positivo en un análisis de EGB, y me explicó que es una bacteria que se encuentra en la vagina o los intestinos de 2 de cada 10 mujeres en el Reino Unido.

Esta bacteria no es dañina para la madre, pero puede causar abortos naturales, partos prematuros, el nacimiento del bebé ya muerto, enfermedades en los recién nacidos como la meningitis o que el bebé muera al poco de nacer.

Empecé a investigar sobre el EGB, y descubrí que el NHS -el Sistema Nacional de Salud del Reino Unido- no hace análisis para detectar esta bacteria, ni informa a las embarazadas sobre las consecuencias que puede tener para las que sean portadoras de la misma (en España esta prueba se realiza a todas las mujeres embarazadas, en la semana 36).

Al parecer, el gobierno considera que no es económicamente viable realizar estos análisis porque cuestan bien 11 o 35 libras, y pocas mujeres son portadoras de la bacteria.

Puedo llegar a comprender este razonamiento, pero lo que no entiendo es por qué nadie me preguntó si querría pagarlo yo misma. Yo hubiera pagado 35 libras o lo que fuera para haber salvado la vida de mis hijas.

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Todo lo que tengo ahora de Anna y Murrin son unas pocas fotos, y una cajita amarilla con recuerdos suyos, como la manta con la que las envolvimos. Soy la madre que dio a luz a dos niñas y salió del hospital con el corazón roto y esta caja entre los brazos en lugar de mis hijas.

Anna y Murrin ni siquiera podrán aparecer en nuestra genealogía familiar, porque en el Reino Unido no se otorga un certificado de nacimiento a los bebés que nacen sin vida antes de las 24 semanas (en España no se inscribe en el registro civil a los bebés que nacen sin vida o que viven menos de 24 horas). A ojos de la ley, mis hijas, que eran del tamaño de una lata de refresco y nacieron con ojos, boca, dedos, perfectamente formadas, son un “aborto tardío”.

Una semana después de salir del hospital, empecé a sentir un dolor muy molesto en los pechos, que habían comenzado a producir leche. Además, cuando me dieron el alta, los médicos no vieron que tenía restos de placenta en mi interior -de hecho, el hospital está siendo investigado por el aumento de muertes de bebés prematuros. Pasé tres semanas con la placenta infectándose dentro de mí, hasta que un día comencé a sangrar como si alguien hubiera abierto un grifo. Me metí en el cuarto de baño, y de repente salió de mis entrañas una materia gelatinosa, grande como el estuche de un DVD, que cayó en el inodoro y salpicó todo de agua. A continuación, vomité y me desmayé. Tuve que pasar un día entero en el hospital para recuperarme.

“Al menos puedes tener otro bebé”

En total, estuve dos meses de baja. Decidí que era hora de volver al trabajo, y unos días antes de reincorporarme comencé a salir más por el pueblo para que la gente pudiera darme sus condolencias en mi tiempo libre y no cuando entraran en la tienda donde trabajo. Entonces empecé a notar que algunos se cruzaban de acera cuando me veían; no me importó, porque comprendí que probablemente no sabían qué decirme. No todo el mundo me evitó, y aprecié el valor que tuvieron aquellos que sí se atrevieron a darme el pésame.

Sé que en general la gente se me acercaba con buenas intenciones, pero hubo algunos comentarios que todavía hoy me dan escalofríos. Por ejemplo, al menos puedes tener otro bebé”, o “ya sé que va a ser difícil, pero acabarás superándolo.

También me han dicho muchas veces que “el tiempo lo cura todo”. No, yo no estoy de acuerdo. El dolor siempre estará ahí, convertido en una cicatriz que voy a llevar siempre. Me da igual poder tener más hijos, yo quería a Anna y Murrin. Y ¿qué se supone que tengo que superar, la muerte de mis hijas? ¿Es que algún día voy a olvidarlas? ¿Cómo podría hacer eso?

Cuando volví al trabajo mucha gente empezó a decirme al menos estás volviendo a tu vida normal. Pues no, aunque estaba trabajando, no era normal. Lo normal en esos momentos hubiera sido estar de baja de maternidad y con un embarazo avanzado, no trabajando y haciendo cosas supuestamente “normales.” Incluso ahora, meses después de haber perdido a mis niñas, no me siento normal, y desde entonces y para el resto de mi vida la normalidad ya no existe. No creo que los demás se den cuenta de que cuando tus bebés mueren, no solo los pierdes a ellos, sino que pierdes los niños de uno, de dos, de diez años que hubieran sido algún día, pierdes las mañanas de Navidad que nunca tendrás, los primeros dientes de leche, los primeros días de colegio, pierdes todo un futuro, eso no es normal.

Cuando la gente me pregunta cómo estoy, la verdad es que no sé qué responder. ¿Debería decir la verdad? ¿Debería decir que estoy sobreviviendo? Ojalá los demás comprendieran que en realidad nunca voy a estar bien. El día en que Anna y Murrin murieron me convertí en una persona totalmente diferente, en alguien a quien ni siquiera conozco. Yo ya no soy quien era; me hundo por cualquier cosa, lloro, tengo pesadillas. Me enfado conmigo misma cuando tengo un buen día, porque siento que no debería ser feliz sin mis hijas. Las echo de menos.

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Di el nombre de mis hijas

Uno de cada cuatro embarazos termina en un aborto natural, pero nadie habla de ello. Es como si no estuviera permitido sacar el tema para no molestar a los demás, pero no debería ser así, yo quiero romper ese silencio y poder hablar de cómo me siento. La gente parece tener miedo a decir los nombres de mis hijas; yo ya estoy triste, ¿se piensan que por oír sus nombres me voy a sentir peor? ¿Creen que van a recordarme de nuevo lo que ha sucedido? Es que no se me ha olvidado, nadie me lo está recordando por decir Anna y Murrin. Al contrario, prefiero que lo hagan y que reconozcan su existencia. Yo se lo agradeceré.

No pasa nada porque mi corazón se acelere cuando veo que otra amiga más anuncia su embarazo en Facebook.

Es normal que al ver a una madre embarazada o a un bebé sano y feliz, me den ganas de esconderme y llorar.

Sin embargo, si alguna vez siento envidia de estas madres acabo sintiéndome fatal, porque en seguida recuerdo que tal vez ellas también hayan perdido a un bebé anteriormente.

La vida continúa, y me doy cuenta de que no estoy traicionando a mis hijas perdidas cada vez que siento algo de felicidad. Ellas siempre serán parte de mi vida, y ese simple hecho es suficiente para hacerme sonreír.

Tanto las vidas largas como las vidas breves dejan un legado tras de sí.

Ahora voy a ser para siempre conocida como “la chica que perdió a sus bebés”.

Esta es mi historia.

Naomi McLaren

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